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El 27, los Ocho y García Ascot

Es impensable intentar comprender la cultura española del siglo XX sin hablar de la Generación del 27. El grupo intentó llevar el progreso a distintos ámbitos artísticos, consiguiendo grandes avances en la modernización y divulgación de la cultura. Sin embargo, este inmenso potencial se vio truncado por la Guerra Civil y la victoria del ejército golpista. Las alternativas para la mayoría de miembros fueron la muerte, el exilio o renunciar a sus ideas, víctimas de la censura del régimen y la que se autoimponían para seguir sobreviviendo.

En el ámbito musical, la Generación del 27 tuvo dos núcleos principales, situados en Madrid y Barcelona. El núcleo de Madrid correspondía al denominado Grupo de los Ocho, un conjunto de compositores muy vinculado al entorno de la Residencia de Estudiantes. Estaba compuesto por los hermanos Rodolfo y Ernesto Halffter, Fernando Remacha, Gustavo Pittaluga, Juan José Mantecón, Salvador Bacarisse, Rosa García Ascot y Julián Bautista.

Segundo movimiento, Poco adagio, de la Pequeña suite de Rosa García Ascot por Ignacio Clemente.

Rosa García Ascot

El primer contacto con la música de la compositora madrileña Rosa García Ascot (1902-2002) fue bastante temprano. Al igual que muchas otras niñas de clase media, aprendió a tocar el piano con su madre. Complementaba esta formación con lecciones de solfeo en el Conservatorio. Su talento musical se hubiera desperdiciado —como seguramente les ocurrió a muchas otras mujeres— de no ser por Felipe Pedrell. El musicólogo, que era amigo de la familia, insistió en que la niña no debía abandonar sus estudios y le asignó al mismísimo Enrique Granados como maestro.

Alemana de Rosa García Ascot por Ignacio Clemente.

La repentina y trágica muerte de Granados hizo necesario buscar un nuevo maestro para García Ascot. Fue así como se convirtió en la última alumna de Manuel de Falla, compositor que rápidamente se volvió un gran apoyo para la joven. En 1920, cuatro años después de ser aceptada por Falla, la pianista debutó como concertista en Madrid y París. En la capital francesa conoció a Maurice Ravel, quien se ofreció a darle clases de composición. La familia y el maestro de García Ascot se opusieron a este ofrecimiento (pese a la amistad que unía a los dos compositores). Según contó en sus memorias, pese a no tener ningún poder de decisión, la joven también prefería seguir bajo la tutela de Falla.

Los años treinta fueron una década muy ajetreada para la compositora madrileña. Comenzaron con la presentación oficial del Grupo de los Ocho a finales de 1930. Tras el estallido de la Guerra Civil se marchó a Cambridge junto a su marido, el también compositor Jesús Bal y Gay. Su siguiente destino —esta vez en solitario— fue París. En esta segunda estancia en el extranjero la compositora estudió con la maestra de maestros, Nadia Boulanger.

Tercer movimiento, Allegretto, de la Pequeña suite de Rosa García Ascot por Ignacio Clemente.

Tras estas estancias europeas, García Ascot acabó por exiliarse a México en 1939, país en el que ya se encontraba Bal y Gay. El matrimonio regresó a España en 1965. Salvo algunos homenajes y estrenos puntuales, ambos compositores permanecieron apartados de la vida pública hasta su muerte.

La casa de los padres de García Ascot fue expoliada durante de la Guerra Civil. Fue así como se perdieron la mayoría de obras de la compositora. Pese al apoyo de Bal y Gay y sus maestros (Granados, Falla, Turina y Boulanger), la pianista madrileña encontró numerosas dificultades para desarrollar su talento. Siempre intentó cumplir con el rol de género que la sociedad patriarcal le había impuesto. En distintas cartas a Falla aparecen quejas sobre cómo no podía componer por tener que cuidar a los familiares enfermos o a los hijos de las visitas. Esta falta de tiempo que poder dedicar a la música hizo que la compositora pensara en su propia música como obras inferiores, un posible caso del síndrome del impostor.


Referencias:

Palacios, M. (2010). La participación de la mujer: Rosa García Ascot. En García Gallardo, C. L., Martínez Gonzáliez, F. y Ruiz Hilillo, M. (coords.), Los músicos del 27 (pp. 343-360). Universidad de Granada.

Redacción y edición: S. Fuentes

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Breilh-Decruck: una vida entre continentes

Fernande Breilh-Decruck (1896-1954) fue una de las compositoras más importantes de su época. Sin embargo, mucha de su música cayó poco a poco en el olvido. Este abandono quizás fuese la consecuencia de una vida a caballo entre dos continentes, o puede que del rechazo que encontró en su país natal tras la Segunda Guerra Mundial. Por suerte, actualmente sus obras se empiezan a recuperar y grabar.

La compositora francesa comenzó sus estudios de música en el Conservatorio de Toulouse. Allí empezó a despuntar y fue merecedora de premios en piano, teoría musical y armonía. Con unos conocimientos respaldados por este palmarés, en 1918 entró al Conservatorio de París, donde repitió sus hazañas. Consiguió premios en armonía, contrapunto, fuga y piano acompañante.

En 1923 se convirtió en profesora asistente de armonía. Entre sus alumnos se encontraron compositores de la talla de Olivier Messiaen. De hecho, siete de sus alumnos ganaron el Premio de Roma, posiblemente la máxima distinción académica de composición en Francia.

Cantilene de Fernande Breilh-Decruck por Mark Allen Jr. y Allison Wang.

Pero Fernande Breilh no limitó sus estudios a la composición y el piano. A finales de 1922 comenzó a estudiar órgano. Su maestría con el instrumento le llevó a conseguir una gira como organista por Estados Unidos en 1928. En su primer concierto en el continente americano la compositora improvisó una sinfonía en tres movimientos sobre temas propuestos por compositores locales. La hazaña fue tan impresionante que a partir de entonces hizo lo mismo en cada recital.

A principios de los años 30 empezó a escribir sus primeras obras para saxofón, instrumento en el que se estaba especializando su marido. Entró en contacto con la escuela francesa —liderada por Marcel Mule—, que por aquel momento estaba empezando a surgir. Durante su estancia en Nueva York hizo varios viajes a Francia. En uno de estos viajes compuso Chant lyrique, una obra para saxofón y piano, que se convirtió en la primera obra de una compositora en formar parte del repertorio de la Guardia Republicana. De hecho, durante muchos años fue una de las obras obligadas para las pruebas de acceso al cuerpo.

Sonata en do# de Fernande Breilh-Decruck, 1º movimiento: Très modéré por Mathieu Gaulin y Jacynthe Riverin.

En 1932 su marido tuvo un accidente en el que perdió la movilidad de una mano, por lo que su carrera como instrumentista se vio cortada de raíz. Él volvió a Francia, donde fundó una editorial, pero la compositora permaneció en Estados Unidos un año más. Cuando finalmente regresó a París comenzó una etapa en la que compuso mucha música para instrumentos de viento, incluido el cuarteto Pavane, dedicado al Cuarteto de la Guardia Republicana que había fundado Mule. Durante esta época la compositora escribía su música por las noches, aprovechando que sus hijos dormían y sin posibilidad de ayudarse del piano.

Breilh-Decruck se marchó con sus hijos a Toulouse. Allí daba recitales de órgano e impartía clases. En 1942 volvió a París con la intención de dedicarse en exclusiva a la composición. En esta fase de retorno a la gran ciudad estrenó muchas obras —a veces tocando ella misma los papeles de órgano y piano—, incluida su Sonata en do# para saxofón (o viola) y orquesta, dedicada a Marcel Mule.

Pero este éxito y reconocimiento en la capital francesa acabó con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Muchos compositores volvían entonces del exilio y se empezaba a mirar con recelo a los músicos que habían seguido trabajando durante la ocupación nazi (aunque no tuvieran relación con los alemanes). Capeó este ambiente agitado pasando unos meses en Estados Unidos, aunque finalmente regresó a Francia.

Pieces Françaises de Fernande Breilh-Decruck, 2º movimiento: Vieux calvaire por Elisa Urrestarazu y Cornelia Lenzin.

Sin embargo, este retorno fue agridulce. La compositora se apartó de París, trasladándose a Fontainebleu. Allí residió con su hijo menor —se había divorciado en 1950, aunque el matrimonio llevaba mucho tiempo viviendo separado—, compaginando la actividad docente con la de organista en una iglesia. Pero las condiciones en el templo eran duras, y en 1952 la compositora enfermó a causa del frío. Las cosas se complicaron y acabó sufriendo un derrame cerebral que la dejó hemipléjica. Murió dos años después.


Referencias:

Fernande Breilh-Decruck (Sin fecha). Biography. Consultado el 7 de noviembre de 2020. https://fernandedecruck.com/biography/

Redacción y edición: S. Fuentes

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Notas al programa

Tomasi y el payaso triste

“¡Señoras y señores! ¡Niños y niñas! Pasen y disfruten del mayor espectáculo del mundo. ¡Bienvenidos al circo!” Seguramente no necesitemos gran cosa para transportar nuestras mentes a una carpa circense. Poco más que las palabras de un jefe de pista y, quizás, la Entrada de los gladiadores (1897) de Julius Fučík.

Entrada de los gladiadores de Julius Fučík por la Banda de la Marina de Estados Unidos.

El título original de esta obra era Gran marcha cromática, pero el compositor checo decidió cambiarlo fruto de su fascinación por el Imperio romano (concretamente por la novela Quo Vadis de Henryk Sienkiewicz). Con el cambio de nombre de la marcha podemos imaginar que Fučík realmente tenía en mente el circo, aunque no exactamente el que nosotros estábamos pensando.

Otras obras sí han tenido una visión circense más próxima a los domadores, forzudos y trapecistas. En esta categoría podemos encontrar a los graciosos e inocentes Payasos (parte del opus 39, 1944) de Dimitri Kabalevski, una pequeña pieza prácticamente imprescindible para cualquiera que quiera iniciarse en el piano.

Pero no todo son risas y jolgorio.

El cine y la literatura han resaltado en numerosas ocasiones aspectos negativos e incluso terroríficos de estos comediantes disfrazados. Desde el Joker de Batman hasta el Pennywise de It (1986), novela de Stephen King. La música no ha llegado a estos extremos, pero si ha querido profundizar en el drama humano detrás de las grandes sonrisas y las narices rojas.

Vesti la giubba de la ópera Pagliacci de Ruggero Leoncavallo. Luciano Pavarotti en el papel de Cannio.

Seguramente el caso más conocido de estos payasos humanos sea Pagliacci (1892) de Ruggero Leoncavallo. La ópera narra el día a día de una compañía teatral de la comedia del arte. Nedda es la mujer de Cannio, el jefe del grupo, y la amante del campesino Silvio. El amorío sale a la luz, aunque Silvio consigue huir sin que los payasos lleguen a identificarle. En este ambiente crispado se preparan para actuar y, dado que el argumento de su comedia incluye también una infidelidad, llevan a cabo una interpretación muy realista. Durante la representación Cannio mata a Nedda, a lo que el público aplaude, sin saber que se está cometiendo un crimen. Porque qué mejor forma de cerrar una ópera que con un asesinato machista.

Un poema hecho balada

La Balada (1938) de Henri Tomasi (1901-1971) también ahonda en la psique de un payaso, pero esta vez sin necesidad de recurrir a la violencia de género. Se trata de una obra para saxofón y orquesta basada en un poema de Suzanne Malard. Este texto describe con sutiles pinceladas a un payaso solitario que toca un “viejo tema inglés” en su saxofón. Con la música cuenta su propia historia melancólica mientras se debate entre el regocijo y el dolor. Finalmente, resignado, el protagonista debe volver a hacer reír al público.

Balada de Henri Tomasi en su versión para saxofón y orquesta, por Otis Murphy (saxofón) y Haruko Murphy (piano).

Podemos encontrar tres elementos principales en la obra: el andante inicial (el “viejo tema inglés” del poema, lo que está tocando el payaso), una giga (que representa el lado cómico, con el protagonista haciendo reír al público) y un blues (el mundo interior del payaso, desolado). Todo comienza con una larga presentación del tema lento, con la calma triste que siente el personaje al huir de su realidad mediante la música. Esta tristeza cambia súbitamente cuando llega el momento de la función. Es entonces cuando el payaso se pone su traje y empiezan las cabriolas patosas que buscan arrancar las carcajadas del público.

En cuanto acaba el espectáculo la amplia sonrisa pintada desaparece de la cara del payaso. Vuelve a pensar en el viejo tema inglés, pero aparecen pequeños destellos de la giga, el lado cómico del personaje, como si fueran repentinas risotadas nerviosas incontrolables. Y así llegamos al blues, a la desoladora realidad interior del payaso, mostrándonos su alma con una descarnada crudeza. Y el ciclo vuelve a comenzar: lamento y espectáculo, aunque esta vez todo es más frenético.

Los distintos temas se entrelazan en una especie de espiral, en una alternancia cada vez más rápida. Todo se vuelve tan confuso que dejamos de distinguir las actuaciones y los episodios nerviosos. La situación se desquicia cada vez más hasta llegar a un accelerando que conduce al brusco final. Y la música desaparece súbitamente. Hay quienes opinan que esta detención repentina del payaso representa su suicidio, cómo la locura que lo ha acechado durante toda la obra ha acabado por imponerse.


Referencias:

Álvarez, J. (2020, 31 de marzo). La marcha musical inspirada en los gladiadores romanos que terminó asociada con el circo. La brújula verde. https://bit.ly/32KVVHB

Henri Tomasi (Sin fecha). Notice of Henri Tomasi on the ballad for saxophone and orchestra. Consultado el 19 de septiembre de 2020. https://bit.ly/35OEfgc

Naxos (Sin fecha). Ballades for saxophone and orchestra. Consultado el 19 de septiembre de 2020. https://bit.ly/35Pdk3J

Redacción y edición: S. Fuentes

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Notas al programa

Mihalovici y el canto del océano

Viejo océano, oh grande y sin ataduras, cuando viajas por la solitaria soledad de tus reinos flemáticos…1

Interpretación de Chant Premier por Tommy Davis.

Estas son las palabras —versos del Conde de Lautréamont— que Marcel Mihalovi (1898-1985) escribe al comienzo de su obra Chant Premier (Canto Primigenio, compuesta en 1973) y son toda una declaración de intenciones. Si cerramos los ojos, podemos viajar al fondo oceánico, a miles de metros de profundidad, y admirar el paisaje que se extiende ante nuestra imaginación. Criaturas abisales, enormes monstruos prehistóricos que el tiempo no se ha atrevido a borrar. Bestias marinas que nadan a nuestro alrededor imponentes, con una sorprendente gracilidad, pese a su aterradora presencia. Sentimos como crean potentes corrientes que, si realmente estuviéramos en este lecho marino, nos arrastrarían. Sentimos el fluir del agua a nuestro alrededor.

Y, de repente, un estruendo.

A poca distancia un volcán entra en una furibunda erupción, desatando el fuego del interior. La lava se solidifica al instante, creando estructuras irregulares y enormes burbujas de vapor, que intentan escapar hacia la superficie, aumentando la actividad que nos rodea hasta un frenetismo que nos hace perder toda referencia de dónde nos encontramos. Cuando parece que todo ha pasado, más erupciones se suceden, unas más cercanas, otras más alejadas de nosotros.

Pero al final, la calma del océano regresa, todo vuelve a ser como a nuestra llegada, recuperando la infinita quietud de los abismos insondables.

De Bucarest a París

Esta sonata para saxofón tenor y piano es solo una de las más de cien obras de Mihalovici, un compositor rumano que con 21 años emigró a Francia, país en el que desarrollaría su carrera. En Bucarest había complementado sus estudios de armonía y contrapunto con los de violín, y a su llegada a París los amplió con canto gregoriano en la Schola Cantorum. Y es que, la música vocal es algo recurrente en su producción. Si bien su obra es principalmente instrumental, encontramos algunas referencias a la voz, como es el caso de este Chant Premier.

También su Rumanía natal estuvo presente en la música de Mihalovici, de manera directa —como en sus Chansons et Jeux (1924), basadas en romances rumanos— o indirecta, a través de los rasgos más característicos de esta. Entre estos aires rumanos, Clemensa Firca enumera: “vitalidad, dinamismo, un lenguaje armónico que combinaba la música modal tradicional y la cromatización propia de la época, ritmos vivaces fruto de las asimetrías, polirritmias…”

Pese a tener siempre presentes sus orígenes, Marcel Mihalovici continuó aprendiendo y explorando distintos estilos, imbuyéndose del ambiente parisino de la época, todo un hervidero de creatividad. Aun siendo un claro defensor del neoclasicismo, nada le impidió tomar recursos modales, atonales e incluso seriales e incorporarlos a sus obras con total naturalidad.

Su presencia en el panorama musical francés fue notable, convirtiéndose en profesor de la Schola Cantorum y siendo uno de los fundadores de Le Triton, una sociedad de compositores centrada en promover la música de nueva creación, un grupo al que también pertenecían Poulenc, Prokofiev o Milhaud. Pero también aquí entra en juego la dualidad del compositor entre Francia y Rumanía, siendo también fundador de la Sociedad de Compositores Rumanos.


Textos originales:

1Vieil océan, ô grand célibataire, quand tu parcours la solitude solenelle de tes royaumes flegmatiques…


Referencias:

Cosma, V. y Arzoiu, R. (2001). Mihalovici, Marcel. Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/gmo/9781561592630.article.18641

Evans, G. W. (2006). Marcel Mihalovici: A Critical Evaluation of His Solo and Chamber Works for Clarinet, A Lecture Recital, Together with Three Recitals of Selected Works by Bozza, Uhl, Martino, Sowerby, Kalliwoda, Bax, and Others. University of North Texas.

Redacción y edición: S. Fuentes